Andres Calmis Estos últimos 45 días, para muchos de nosotros, y especialmente para gente como yo, que no estábamos acostumbrados a participar en movidas sociales defendiendo intereses comunes, han sido toda una verdadera experiencia. De pronto nos encontramos con un tema que nos interesaba, que en cierta forma no respondía a un interés particular, pero si que sentíamos que nos afectaba personalmente. 

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Descubrimos así, casi sin quererlo, el significado del bien común, de nuestra identidad ciudadana y de la afectación del interés publico. Y la cosa empezó a tener sentido real cuando nos fuimos dando cuenta que muchos, al mismo tiempo, y por los mismos motivos, sentíamos lo mismo.
Así fue como nos arrimamos al parque, como empezamos a intercambiar ideas, como buscamos la forma de colaborar, y como empezamos a pensar que el sistema debía funcionar.

Descubrimos que el estado a veces se equivoca, que nuestros representantes tal vez no nos representaban de acuerdo a nuestra voluntad, o bien que resolvían sobre cosas que no habían estado en la agenda cuando los votábamos, por lo tanto mal podían saber cuales eran nuestras voluntades al respecto.

Fue así, que desde afuera, nos pusimos a trabajar con las asambleas, y a apoyar a la institución que llevó adelante el mecanismo que la democracia nos da para defender nuestros intereses, cual es la presentación judicial ante los magistrados que imparten justicia.
Pero, en el mientras tanto, fuimos aprendiendo como de verdad funciona “el sistema”. Vimos las relaciones íntimas entre empresarios y funcionarios, el desinterés de muchos sectores políticos, el oportunismo de otros, falsedades extremas, la discrecionalidad de algunos, el cinismo de otros tantos, profesionales municipales que pretendían atender de los dos lados, y toda una variada fauna de personajes desenmascarados por las circunstancias.
Vimos como el poder compra opinión, vimos como los zapatos blancos se ensucian por aferrarse a un puestito o a una prebenda, descubrimos el miedo de muchos de quedarse sin “la soga” que los mantiene a flote, vimos como se aprieta gente, y lamentablemente vimos como a nuestro parecer se intentaba apretar a la señora de ojos vendados. 

No quisimos entender que estaba pasando, cuando el alcalde mayor entraba en silencio y por la puerta de atrás para dialogar con el jefe del palacio de calle San Jerónimo, no quisimos entender cuando el fiscal mandadero de Pepe Pinocho era atentamente recibido por su señoría, mientras a sus ocasionales reclamantes los dejaban afuera esperando y sin ser recibidos.
Optamos libremente por no ejercer presión y por no publicar abiertamente cosas de las cuales nos enterábamos, pero que nos daba vergüenza ajena difundir. Porque al final de cuentas, eran nuestros “representantes”, y creíamos (todavía) en la justicia.
Pensábamos honestamente que presionar públicamente a quien tiene el deber constitucional de juzgar, nada menos, era además de poco ético, inmoral y contraproducente. Porque al final de cuentas, un juez es (debe ser) un hombre honorable.
Y pasó lo que pasó.

En pocos días, entendimos claramente como funciona “el sistema”, como funcionan de verdad las reglas del “juego republicano”. Entendimos porqué algunos fueron recibidos y a otros los dejaron afuera, entendimos porqué algunas visitas se hacían lejos de la luz pública, entendimos como funciona el mecanismo de trasvase de influencias e intereses entre poderes que deberían ser independientes.
Poder económico, negocios turbios, empresarios amigos, funcionarios con sociedades e intereses incompatibles con sus funciones, mentiras de campaña, sonrisas falsas, verdades fraudulentas, y relaciones impropias. Todos condimentos de un sistema corporativo establecido a ocultas y por detrás de la ciudadanía. 

En poco tiempo nos hemos “regalado” una clase magistral de “formación cívica en los tiempos modernos”
Para muchos de nosotros, esa montaña artificial de cemento que aparecerá en un lugar muy transitado, será un triste recordatorio permanente de lo que en la escuela jamás nos enseñaron. 

Nos traerá por siempre a la memoria los nombres de aquellos que traicionaron su mandato, de los que falsearon sus actos, de los que entregaron sus convicciones, de los que sucumbieron a las presiones y de los que usufructuaron las “bondades del sistema”
Algo es seguro, este episodio de la historia santafecina será una bisagra, para bien o para mal. Podrá ser el disparador del despertar de los santafecinos de la “eterna siesta” en la que estuvimos inmersos, o podrá ser el disparador de la enajenación irrefrenable de todos y cada uno de los espacios y bienes públicos de una Santa Fe desculturizada y mercantilizada.

Algo mas es seguro, “Su Señoría” será recordada por décadas, con nombre y apellido, por su “jurisprudencia”, por sentar las bases de la historia futura de la degradación de nuestros recuerdos.
Eso si, no se si sus hijos podrán agradecerle el favor realizado al apellido heredado. Con el deberán cargar de por vida.

Próxima entrega:
Tomémoslo con Soda,
Las implicancias fácticas de un fallo que nos falla y nos folla a todos