Vltchek y Noam Chomsky – Un recuento de los hechos más atroces ocurridos desde la Segunda Guerra Mundial permite una conclusión categórica: nada ha segado más vidas que la voracidad imperial de Estados Unidos y Europa. Pero la manipulación mediática nos ha hecho creer que el terrorismo proviene de otra parte.

El destacado filósofo e investigador periodístico Andre Vltchek, junto con un grupo de estadísticos, ha cifrado en un rango de entre 50 y 55 millones el número de personas asesinadas después de la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia del colonialismo o neocolonialismo de las potencias occidentales. Esta cifra excede hasta la imposibilidad de comparar cualquier atrocidad cometida por grupos o líderes que los medios de estos mismos países erigen como símbolos del mal. Éste es uno de los ejes de las conversaciones entre Vltchek y Noam Chomsky, traducidas y publicadas bajo el título “Sobre el terrorismo occidental: de Hiroshima a la Guerra de los drones” por Lom Ediciones.

Es abrumador constatar hasta qué punto la construcción de la realidad de los medios de comunicación, especialmente en los asuntos internacionales, puede llevar a sociedades enteras a creer que las cosas son al revés de como son. No es, eso sí, pura manipulación, sino un instrumento para garantizar el control social y el gobierno. El propio Chomsky nos recordaba, en un texto de 1990, que en un mundo donde la riqueza está altamente concentrada es funcional que se cumplan cinco condiciones: grandes medios de comunicación con propiedad y orientación que favorezcan el proceso de acumulación neoliberal, el rol ideológico de la publicidad, sistemas de suministro de noticias a los medios de comunicación (agencias), control de la crítica en los medios y anticomunismo como mecanismo de control ideológico.

Desde el atentado a las Torres Gemelas en septiembre de 2001, eso sí, ya no es solo el anticomunismo el modo de situar al terrorismo en conductas ajenas. Ahora también es la interpretación del Islam, por parte de grupos musulmanes, la amenaza que hay combatir en el nombre del bien. Curiosa paradoja de la historia: el mismo Islam que siglos atrás contribuyó al renacimiento de Europa, ahora se convertía en la amenaza de su destrucción y del advenimiento de una época de terror.

Pero la realidad es distinta: durante el breve periodo transcurrido desde 1945 hasta ahora se han producido, con relativa ignorancia de la opinión pública, el mayor número de masacres en la historia de la humanidad. Cuando aquellos crímenes se producen contra los intereses de las potencias occidentales y sus corporaciones, son profusamente exacerbados por los medios; en cambio, cuando se realizan en nombre de la libertad y la democracia, nadie se entera. En esos casos, las víctimas son lo que inquietantemente el escritor George Orwell llamó los unpeople.

Del mismo modo, la prensa occidental ha concentrado todos sus dardos en los gobiernos que no son afines a las potencias, los cuales calzan bastante con los que George W. Bush puso como parte del Eje del Mal: Cuba, Venezuela, Zimbawe y Rusia son los de más actualidad. En cambio, países donde hasta hoy se cometen atrocidades son por lo general defendidos o invisibilizados, tales como Israel, Ruanda, Uganda, Arabia Saudita, Kenia o Filipinas.

Este fenómeno se ha agravado desde el atentado a las Torres Gemelas de 2001, deleznable ataque donde murieron miles de inocentes, pero cuya ocurrencia no puede sino explicarse como una consecuencia de las políticas de Estados Unidos en los países de procedencia de los perpetradores. Desde entonces, y a pesar de las promesas de Obama, la acción de la potencia norteamericana en Medio Oriente ha sido aún más violenta e intervencionista. Trece años después, en cualquier hora, Estados Unidos puede matar en la zona –como lo ha hecho decenas de veces- a más personas que las que murieron en el atentado de Nueva York, sin que el mundo mayormente se entere. Con una consecuencia adicional, que ya anticipaba hace años el célebre historiador británico Eric Hasbawn: “la reacción de Estados Unidos puede llevar el mundo a la guerra y provocar que los gobiernos de los países del Golfo caigan en manos fundamentalistas”.

Los autores afirman que, en esos países, incluso los sectores progresistas forman parte de la desinformación. Ponen como ejemplo a Francia, donde la centroizquierda recuerda al general De Gaulle con admiración, sin registrar en absoluto las tropelías que el país cometió bajo su mando en África. Esas muertes no son relevantes para esos progresistas europeos. En cambio, miran la paja en ojo ajeno cuando se trata de otros gobiernos y, en eso, los grandes medios juegan un papel fundamental. Ya lo sabemos acá con ejemplos como El País, cuya principal vara de medida para los gobiernos latinoamericanos es su política de apertura a la inversión española. Por eso, y a pesar de decirse cercano a las ideas de centroizquierda, trataba mucho mejor al gobierno de Piñera o al de Colombia que a los de Bolivia y Ecuador. Incluso llegó a publicar en portada una foto falsa de Hugo Chávez muerto, confundiendo sus deseos con la realidad.

El propósito de estas ideas no es relativizar las muertes. Es al revés: para los poderes que hoy construyen el sentido común del mundo no todos los muertos valen lo mismo. Estar informados contribuye a que, al revés, todas las víctimas de violencia importen por igual.

Pero no es solo un acto de soberanía intelectual, sino un deber cívico, puesto que, como dice en una parte del libro, “tenemos la responsabilidad de comprobar por nosotros mismos lo que se está haciendo en nuestro nombre”.