Pablo Benito (Para Notife). Sabemos que el 8 de marzo de 2017, cuando se esté celebrando el día de internacional de la mujer, habrá un paro, reclamos, denuncias y una tensión social emanada del creciente número de femicidios que se vienen registrando en Argentina. La realidad es que tanto la violencia de género, como la inequidad en ámbitos económicos, sociales y culturales, que es enorme, pueden no dejar ver y valorar. En términos históricos, lo que ha pasado en el último siglo en donde una revolución silenciosa y no por eso menos dolorosa que ha incluido a gran parte de la sociedad en derechos y obligaciones que le estaban absolutamente negadas.

 

La revolución silenciosa y dolorosa

Cuando bajaban de los barcos, no para hacerse la Argentina, sino huyendo de hambrunas, guerras y pestes, los inmigrantes eran “registrados”, de manera rápida y explicita. Había carpinteros, herreros, albañiles, campesinos los más. En ese peregrinar por el centro de inmigraciones el mismísimo puerto de Buenos Aires, a las mujeres se les otorgaba una identificación que decía claramente en el rubro actividades: “Propias de su sexo”. Para la historia, esto sucedió ayer, un adolescente que termina, hoy, la secundaria no podría entender de qué se trataba ese estigma grabado a fuego sobre lo que se denominaba, y sin vergüenza, el “sexo débil”. Limpiar, cuidar hijos, procrear, cocinar, esperar al marido que vuelva de trabajar o buscar un marido que la cuidara. Estás eran las actividades de “su sexo”.
Ninguno de esos harapientos gringos con su mono a la espalda imaginarían que, apenas siglo después, ese país que pisaban por primera vez, tendría una presidenta, una gobernadora, una intendenta o una patrona, empresarial y profesional. Lejos estaban de siquiera creer que las universidades estarían pobladas de mujeres y varones por igual. Que en las relaciones sexuales podían disfrutar y que, incluso, las urnas se llenarían de sobres del padrón femenino.
Nos contaron nuestros abuelos aquello que no figura en los libros de historia, porque era parte de la llamada intimidad, de lo doméstico. La mujer debía pedir permiso para hablar. No era absoluto, pero si bastante normal.
Este día de la mujer, será especial porque la sociedad, más allá del género, reclama, exige, se invita a que esos cambios se consolidan y que sea irreversible. El Paro Nacional de mujeres, es fenomenal. No puede comprenderse desde la superficie, también es caótico, porque proviene de la desesperación. “Vivas nos queremos”, es un grito que refleja un momento de violencia de género, doméstica y social por demás de complejo.
Una revolución, la transformación tan intensa producida por el feminismo y aceptado e impulsado por la sociedad, no puede suceder de manera imperceptible. Hablamos de unos pocos años, para una lectura histórica, en donde la crisis de modelos ha estallado y la resistencia a ese profundo cambio es notable y se puede expresar desde la angustia silenciosa de quien pierde el Poder sobre algo – no se sabe bien que en términos éticos- o puede explotar desde la violencia contenido que, incluso, puede ser entendida – sólo en el análisis – como una cuestión antropológico.

Lo cierto es que hombres y mujeres no somos iguales, como tampoco lo son niños y adultos, flacos y gordos, negros y rubios. No somos iguales en aspecto pero ninguna diferencia hace explicable la supremacía abusiva de unos sobre otros.

 

8 de marzo es el día Internacional de la mujer

 

 

La fecha recuerda dos probables hechos. El primero sucede en 1857 con una gran marcha de trabajadoras textiles, donde cientos de obreras de “La Aguja”, del bajo Manhattan, marcharon por los barrios adinerados de Nueva York en protesta por las miserables condiciones de trabajo, siendo salvajemente reprimidas. El segundo hecho y el más difundido sucede en 1908 a raíz de una huelga acatada por 40 mil costureras industriales de grandes fábricas, demandando el derecho a unirse a los sindicatos, así como mejores salarios, jornada de trabajo de 10 horas, descanso dominical, rechazo al trabajo infantil, entre otros. 

Se dice que durante la huelga, 129 trabajadoras murieron quemadas en un incendio en la fábrica Cotton Textile Factory, en Washington Square, Nueva York. Sobre las circunstancias en que sucedió el lamentable hecho existen dos versiones; la primera señala que ellas se habían encerrado ante la indiferencia de los dueños de la fábrica a sus peticiones; y la segunda, que los dueños las habían encerrado para que no se unieran al proceso de protesta. Supuestamente, estos dos hechos ocurrieron alrededor de la fecha 8 de marzo.

Más atrás en la historia

Hay divergencias en cuanto al nacimiento del feminismo , como tal, podríamos decir que en la síntesis el feminismo nació desde el principio de la existencia humana y que es, seguramente, tan viejo como el machismo.
En occidente puede situarse a fines del s. XIII, cuando Guillermine de Bohemia planteó crear una iglesia de mujeres. Otras rescatan como parte de la lucha feminista a las predicadoras y brujas pero es recién a mediados del s. XIX cuando comienza una lucha organizada y colectiva. Las mujeres participaron en los grandes acontecimientos históricos de los últimos siglos como el Renacimiento, la Revolución Francesa y las revoluciones socialistas, pero en forma subordinada. Es a partir del sufragismo cuando reivindican su autonomía. 

Las precursoras

La lucha de la mujer comienza a tener finalidades precisas a partir de la Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista del Iluminismo, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial. Olimpia de Gouges, en su “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana” (1791), afirma que los “derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón” (por lo que fue guillotinada por el propio gobierno de Robespierre, al que adhería). En 1792 Mary Wollstonecraft escribe la “Vindicación de los derechos de la mujer”, planteando demandas inusitadas para la época: igualdad de derechos civiles, políticos, laborales y educativos, y derecho al divorcio como libre decisión de las partes. En el s. XIX, Flora Tristán vincula las reivindicaciones de la mujer con las luchas obreras. Publica en 1842 La Unión Obrera, donde presenta el primer proyecto de una Internacional de trabajadores, y expresa “la mujer es la proletaria del proletariado […] hasta el más oprimido de los hombres quiere oprimir a otro ser: su mujer por el feminismo latinoamericano.

 

Las sufragistas

Si bien los principios del Iluminismo proclamaban la igualdad, la práctica demostró que ésta no era extensible a las mujeres. La Revolución Francesa no cumplió con sus demandas, y ellas aprendieron que debían luchar en forma autónoma para conquistar sus reivindicaciones. La demanda principal fue el derecho al sufragio, a partir del cual esperaban lograr las demás conquistas.

Aunque en general sus líderes fueron mujeres de la burguesía, también participaron muchas de la clase obrera. EE.UU. e Inglaterra fueron los países donde este movimiento tuvo mayor fuerza y repercusión. En el primero, las sufragistas participaron en las sociedades antiesclavistas de los estados norteños.
En Gran Bretaña las peticiones de las sufragistas provocan desde el s. XIX algunos debates parlamentarios. El problema de la explotación de mujeres y niños en las fábricas vinculó al movimiento con el fabianismo, planteando reivindicaciones por mejoras en las condiciones de trabajo. En 1903 se crea la Woman’s Social and Political Union, que, dirigida por Emmiline Pankhurst, organizó actos de sabotaje y manifestaciones violentas, propugnando la unión de las mujeres más allá de sus diferencias de clase. Declarada ilegal en 1913, sus integrantes fueron perseguidas y encarceladas

América Latina.

En América Latina el sufragismo no tuvo la misma relevancia que en los EE.UU. y Europa, reduciéndose en general la participación a sectores de las elites. Tampoco las agrupaciones de mujeres socialistas lograron un eco suficiente. En la Argentina, desde sus comienzos, las luchas de las mujeres por sus derechos se dividieron en una corriente burguesa y otra de tendencia clasista y sufragista. En ésta última militó Carolina Muzzilli, joven obrera, escritora y militante socialista. Desde 1900 surgieron diversos centros y ligas feministas. En 1918 se funda la Unión Feminista Nacional, con el concurso de Alicia Moreau de Justo. En 1920 se crea el Partido Feminista dirigido por Julieta Lanteri, que se presentó varias veces a elecciones nacionales. Pero las mujeres adquirieron un rol relevante en la escena política argentina recién con la figura de María Eva Duarte de Perón, quien promovió en 1947 la ley de derechos políticos de la mujer.

El Feminismo como Movimiento Social o Nuevo Feminismo. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las mujeres consiguieron el derecho al voto en casi todos los países europeos, pero paralelamente se produjo un reflujo de las luchas feministas. En una etapa de transición se rescata como precursora a Emma Goldmann, quien ya en 1910 había publicado Anarquismo y otros ensayos, donde relacionaba la lucha feminista con la de la clase obrera e incluso hacía aportes sobre la sexualidad femenina. En esta etapa –ubicándolas como “iniciantes” del nuevo feminismo– se destacan los aportes de Simone de Beauvoir, en El Segundo sexo (1949) y de Betty Friedan, con el también consagrado Mística de la femineidad (1963).

El denominado “nuevo feminismo”, comienza a fines de los sesenta del último siglo en los EE.UU. y Europa, y se inscribe dentro de los movimientos sociales surgidos durante esa década en los países más desarrollados. Los ejes temáticos que plantea son, la redefinición del concepto de patriarcado

 

Nuevo feminismo

 

El nuevo feminismo asume como desafío demostrar que la Naturaleza no encadena a los seres humanos y les fija su destino: “no se nace mujer, se llega a serlo” (S. de Beauvoir). Se reivindica el derecho al placer sexual por parte de las mujeres y se denuncia que la sexualidad femenina ha sido negada por la supremacía de los varones, rescatándose el orgasmo clitoridiano y el derecho a la libre elección sexual. Por primera vez se pone en entredicho que – por su capacidad de reproducir la especie- la mujer deba asumir como mandato biológico la crianza de los hijos y el cuidado de la familia. Se analiza el trabajo doméstico, denunciando su carácter de adjudicado a ésta por nacimiento y de por vida, así como la función social del mismo y su no remuneración. Todo ello implica una crítica radical a las bases de la actual organización social. “Ya no se acepta al hombre como prototipo del ser humano, como universal. Luchamos, sí, porque no se nos niegue ningún derecho, pero luchamos, sobre todo, para acabar con la división de papeles en función del sexo.

 

Primera Ola

Podemos sintetizar estas corrientes en tres líneas principales: una radical, otra socialista y otra liberal, entrecruzadas por las tendencias de la igualdad y la diferencia.

El feminismo radical sostiene que la mayor contradicción social se produce en función del sexo y propugna una confrontación. Las mujeres estarían oprimidas por las instituciones patriarcales que tienen el control sobre ellas y, fundamentalmente, sobre su reproducción. Shulamith Firostene en su ya clásico La dialéctica de los sexos (1971) sostiene que las mujeres constituyen una clase social, pero “al contrario que en las clases económicas, las clases sexuales resultan directamente de una realidad biológica; el hombre y la mujer fueron creados diferentes y recibieron privilegios desiguales”. Propone como alternativa la necesidad de una nueva organización social, basada en comunidades donde se fomente la vida en común de parejas y amigos sin formalidades legales.
Segunda Ola

 El feminismo consiguió colocar la cuestión de la emancipación de las mujeres en la agenda pública desde mediados de los setenta, para comenzar a desarticularse y perder fuerza como movimiento social años después. Se produce una importante institucionalización del movimiento con la proliferación de ONGs, la participación de feministas en los gobiernos y organismos internacionales, y la creación de ámbitos específicos en el Estado. Desde su espacio en las universidades el feminismo aumentó la investigación y la construcción de tesis, profundizando y complejizando sus reflexiones con mayor rigor académico. Se abrió notablemente el abanico de escuelas y propuestas, incluidas las referentes a la discusión estratégica sobre los procesos de emancipación.

En América Latina, más allá de las múltiples diferencias y matices entre las corrientes internas (en las cuáles están presentes los debates expuestos) puede esquematizarse un feminismo más institucionalizado –en donde las mujeres se agrupan dentro de ONGs y en los partidos políticos–, y un feminismo más autónomo y radicalizado. El primero es heredero del feminismo de la igualdad de la década anterior y cree necesario la negociación política. El segundo sostiene las banderas del feminismo radical aggiornado y cuestionan severamente la institucionalización del movimiento. Por otro lado, existen también amplios grupos y/o movimientos de feministas denominadas populares, que tienen como prioridad la militancia, recogiendo demandas e intentando nuevos liderazgos.