Por Hernán Horacio Schiaffini* – En 2005 trabajé enseñando Ciencias Sociales en una escuela agro-técnica al sur de Trevelin, en Chubut. El colegio adhería a la modalidad rural, así que dábamos clases durante el verano y nos tomábamos las vacaciones en los meses más fríos del invierno, Junio y Julio. A la escuela iban niños, niñas y adolescentes desde los trece años. Muchos eran oriundos de pequeños poblados o parajes del interior de la provincia. Como tiene albergue, vivían en la escuela la mayor parte del año.

Llegando Octubre o Noviembre, no lo recuerdo bien, se organizó un viaje de estudios a la Estancia Leleque, uno de los campos de la Compañía de Tierras del Sud Argentino, propiedad del Grupo Benetton desde 1991. Me pidieron que, en mi calidad de profesor de Ciencias Sociales, acompañara a los viajeros y colaborara con la excursión, a lo que por supuesto accedí.

Partimos temprano. Se habían reunido varios cursos, así que iban alumnos de distintas edades. Para llegar al lugar había que salir hacia el norte y viajar unas dos horas por la ruta nacional 40, hasta alcanzar la entrada de la Estancia. Un enorme cartel, sobre el que está dibujada la imagen de un indígena barbudo de rostro sufrido, marca el lugar de ingreso. Debajo, en el mismo cartel, letras negras indican: “Patagonia: 13.000 años de historia”. Claro, es que dos kilómetros adentro se ubica el Museo Leleque, construido entre las edificaciones del viejo casco.

El camino de acceso era bucólico y agradable. El ripio estaba en excelentes condiciones. Asomaban delgados cursos de agua que cruzábamos a través de pintorescos puentes. El césped se extendía hasta las orillas del camino y animales gordos asomaban la cabeza por los alambrados. Después aparecían las casas de la estancia, conservadas excelente estado, escondidas tras hileras de álamos de Lombardía que atajaban el viento. Ahí estaban la administración, la casa de los gerentes e incluso una pequeña capilla blanca. Cerca estaban, también, el Museo y un viejo almacén de ramos generales, acondicionado para recibir turistas.

Por lo común, hasta ahí llegan los visitantes. Recorren el Museo, sacan fotos y vuelven a Esquel, o siguen camino a El Bolsón o Lago Puelo. Pero si continuaran unos cuantos cientos de metros más alcanzarían la cabaña de los famosos reproductores merino de la estancia, que han ganado premios en muchas exposiciones rurales. Son edificios blancos y grandes, a la mano derecha del camino. A nosotros nos tocó llegar hasta allí, como voy a relatar.

leleque2Habíamos hecho, supongo, el trayecto habitual de cualquier visitante escolar. Recorrimos el Museo, al que nunca había entrado, visitamos el almacén de ramos generales “típico” -reconstruido o “reciclado”- y luego nos llevaron a ver cómo un perro pastor encerraba un rebaño al oír el silbato de su cuidador. Creo que fue allí donde se nos unió el gerente de la estancia, Ronald MacDonald -no es un pseudónimo: ese es su nombre real- y se puso a conversar con algunos profesores y alumnos. Hizo comentarios quejosos. Dijo que la tela de polar, los tejidos sintéticos, competían con la lana, entonces ya no era tan provechoso el tema de las ovejas. Después nos mandó a ver el establo de los reproductores.

Volvimos a subir a nuestro colectivo y llegamos a la cabaña. Bajamos a ver esos animales gordos y portentosos. Había uno afuera en un corral y era impresionante, enorme y elegante.

leleque3Los demás estaban adentro. Cada uno, que valía varias decenas de miles de dólares, tenía un cubículo bastante grande y confortable, azulejado, al que ingresaba por una gruesa puerta de madera. Adentro había agua y pastos. El edificio era blanco, brillante, limpio, amplio y cómodo. Levanté la vista y me sorprendió mucho el parecido que el techo tenía con el techo de mi casa, alto y elaborado con machimbre claro, sostenido por columnas de madera. El lugar estaba tibio, así que podíamos abrirnos o quitarnos las camperas, mientras que afuera el frío del mediodía nos hacía echar nubes de vapor por la boca.

Fue el fin de la visita. Volvimos, cansados, a la escuela.

Para entonces desde hacía tiempo yo viajaba frecuentemente a la Estancia Leleque, aunque con un destino distinto: la Estación, una parada del ferrocarril que está metida dentro de la propiedad de Benetton como una burbuja, o un quiste. Allí vivían (y viven) unas diez familias, con muchísimos niños, con quienes encarábamos, junto a organizaciones mapuche de Esquel, algunos proyectos comunitarios: un taller de costura, un gallinero colectivo y algunas otras iniciativas que a veces se extinguían tan pronto comenzaban. En la Estación hay también una escuela primaria y el tren (La Trochita) para allí irregularmente. Cuando lo hace, las mujeres tratan de vender tortas fritas.

Si nuestra excursión escolar hubiera continuado por el camino hacia la Estación habríamos encontrado que, después de la entrada a la cabaña de los reproductores, la calidad del ripio disminuía. Que había pozos grandes y piedras enormes. Que la tierra serruchada hubiera castigado el tren delantero de los vehículos. Que luego comenzaría un tramo que no podría recorrerse de haber llovido, y que más allá de ese tramo, que en invierno tampoco podría transitarse a menos que las bajas temperaturas mantuvieran el suelo congelado, están la escuela, las casitas y la parada del ferrocarril de la Estación Leleque.

Las casitas son de durmientes de quebracho que se aprovecharon mientras se construía la línea férrea, desde la década de 1940. El piso es prácticamente de tierra apisonada y no tienen otro servicio que electricidad, que apenas sirve para encender algunas bombillas e iluminarse por las noches. Para calefaccionarse y cocinar hace falta leña, elemento que escasea en la zona. Algunas casas aún tienen que ir a buscar el agua a unas canillas en la vereda (en invierno, claro, las canillas se congelan). Son oscuras, con ventanas mínimas. Y pequeñas. Hacinados, allí duermen hermanos, primos, sobrinos, madres, tías y abuelas.

leleque4Son casi todas mujeres y niños los habitantes de la Estación, porque los hombres son puesteros de la estancia y pasan la mayor parte del año fuera de sus casas, en alejados campos. No hay modo de entrar ni de salir, sin atravesar terrenos de Benetton. Sólo el camino vecinal que hemos descrito permite el acceso libre. Si no, hay que atravesar tranqueras y pasos que están cerrados con candados.

El médico llegaba una vez por semana. Los niños comían, al menos, en la escuela diariamente. También las monjas católicas acudían al establecimiento, que gustosamente les abría las puertas.

La excursión escolar me había permitido conocer, en un terreno que para mí ya era harto familiar, otro costado de la vida en Leleque: el que se veía desde la estancia. Habituado como estaba a llegar directamente a la Estación, la recorrida por el Museo, el almacén y sobre todo la cabaña de los reproductores me había golpeado de lleno como un mazazo cargado de contraste. Entre la cabaña tibia y luminosa de los merino reproductores y las casas heladas, oscuras y derruidas de la Estación mediaba y media un implacable y centenario entramado de relaciones políticas, económicas y sociales.

Y era verdad, como me habían dicho tiempo antes y me han vuelto a decir tiempo después: en ese lugar a los corderos vivían mucho mejor que a las personas.

*Coautor del libro Pangui Ñi Pünon / Las huellas del puma