Pablo Benito (Para Notifé) –  En el mundo la Justicia tiene una imagen bastante deteriorada, no obstante parece constituirse en la nueva aristocracia social. 
La judicialización de la política o la política de la judicialización, no es un fenómeno argentino como la birome o el dulce de leche. El Poder Judicial está jugando un rol fundamental en el Estado y también en la correlación de fuerzas del poder real, siendo el punto de contacto e interés, no sólo institucional sino el peaje por donde pasan las corporaciones económicas dirimiendo conflictos que, hasta no hace mucho, dirimía la política y hace un tiempo atrás se solucionaba a los tiros, con tanques en la calle o suspensión de los derechos civiles de manera violenta.

“La aristocracia (del griego ἄριστος ‘aristos’, sobresaliente, y κράτος, ‘kratos’, poder) hace referencia originalmente a un sistema político sugerido por Platón y Aristóteles encabezado por gente que sobresale por su sabiduría y capacidad intelectual, habiendo sido estudiantes de colegios o universidades.

El periodismo mismo ha ocupado un rol de fiscal pero, en los hechos, ese periodismo es la propia Justicia que habla por boca de magistrados y fiscales a través de las “filtraciones”, que no son accidentales ni espontáneas. Nutren de contenido al propio comunicador cuya capacidad de análisis se ve postergada a lo que “diga la Justicia”. Y la Justicia dice… sólo lo que quiere que se escuche.
Esa judicialización del discurso mediático lleva a que entre propios ciudadanos se tiren con causas de corrupción para dirimir debates políticos y hasta a veces ideológico. 
“No podés hablar sin pruebas” – ya no de la razón sino del expediente.
“Hasta que la Justicia no lo determine son todos inocentes” – pasando por los estratos de de apelación correspondiente, aniquilando el debate político que no tiene, necesariamente que ver con lo que resuelva Instrucción, Apelación, Alzada y hasta la propia Corte Suprema. 
Lo bueno, lo malo, lo conveniente para la comunidad está condicionado a lo que la Justicia diga, cuándo lo diga y cómo. No importa la integridad moral de los jueces que juzgan. Importa que, ante la secularización de una sociedad que desplaza a Dios – y sus representantes en la tierra – Tribunales es la Iglesia que bendice o excomulga a quienes pueden , o no, dirigir a la sociedad.

“Todos Presos”
Lo visto en las últimas semanas en la Argentina invita a pensar y repensar que ya no es la Justicia el Poder que controla sino el que – directa e indirectamente- establece las reglas del juego y las ejecuta. En algunas ocasiones quien controla es el ejecutivo y el legislativo pero es el Poder Judicial quien distribuye mandatos. Con la sola modificación de la costumbre jurídica, en cuanto, por ejemplo a los criterios para encarcelar, preventivamente, a ex funcionarios del Ejecutivo por hechos de corrupción, la operación sobre la política ha sido determinante.

 

El efecto Global

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La sociedad civil pasó de ir a golpear la puerta de los cuarteles en el Siglo XX a dirigir su pedido de “auxilio” a los tribunales. Aunque sea evidente que la Justicia es “parte del problema”, la población quiere ver, en esa nueva aristocracia de unos pocos hombres -aún menos mujeres- la divina solución a la inmoralidad el Poder. (Foto: marcha en Lima contra el gobierno)

El impeachmentbrasilero que cambió el rumbo de la política, lo social en nuestro vecino país, ha sido la demostración palmaria de este poder aristócrata que conduce procesos globales. Lo que la voluntad popular construyó con extensas campañas de persuasión, discusiones y debates, la Justicia lo borró de un plumazo.
Esa nueva Aristocracia es la que tiene el mando, de hecho, sobre el monopolio de la violencia y el brazo armado que son las fuerzas de seguridad. 
Una orden de detención, de allanamiento o cautelar, tiene un poder de decisión autoritario incuestionable. El político, ocasional funcionario, toma la decisión y el poder policial sólo se moverá cuando tenga en su mano la “autorización del juez”. Y si se mueve sin ella, corre un riesgo real de perder su poder, su cargo y hasta su libertad. 
En Ecuador, la ofensiva del Presidente Lenin Moreno contra el poder inmanente del líder Rafael Correa tiene como protagonista principal a la Justicia. El vicepresidente, Jorge Glas, quien sería el “Zanini” de Correa en la fórmula presidencial que triunfó en abril de este año, fue retirado de su rol por el primer mandatario, de nombre de pila soviético. Se lo investiga por casos de sobornos relacionados a Obedrecht. La Justicia, avaló el “golpecito” al Estado, de las mil interpretaciones jurídicas a su disposición, contrarias a semejante decisión presidencialista, la Justicia eligió la “1001” que permitía a Lenin Moreno, comenzar a barrer con la estructura heredada por Correa.
En ParaguayHoracio Cartes, intentó reformar la Constitución entre bambalinas para autootorgarse la posibilidad de reelección. Muchos podrá creer que los disturbios ocasionados por la oposición hizo que el multimillonario presidente desista en su actitud, pero fue la Justicia quien decidió el futuro del país guaraní. La reforma era, objetivamente, legal aunque ilegítima para la Corte que interpretó una ley cuya letra dejó de ser muda y dijo, casualmente, lo que el Poder Judicial paraguayo, pensaba.
En Venezuela mismo se ve esa pelea contemporánea entre el Poder Judicial y el Ejecutivo a la hora de dirigir y mandar a las fuerzas de seguridad. La fragilidad institucional de ese país radica en la precarización de la Justicia aunque queda por demás de claro que no hay salida institucional a la crisis socio-económica si no viene del Poder Judicial y ya es la Justicia quien se prepara para brindar esa vía como poder aristocrático, no elegido por la voluntad popular, pero que aparece como esperanza para arbitrar un equilibrio  que ni Maduro, ni la oposición pueden gestionar. Ambos sectores se disputan esa aristocracia que balconea la situación mientras espera ser llamada a hacerse cargo de la concentración de la autoridad.

 

Mañana parte II