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Neus Català, que sobrevivió al nazismo tras pasar varios años en un campo de concentración, votando el 21 de diciembre de 2017 en el colegio electoral de su pueblo natal, Els Guiamets (Tarragona)

Pablo Benito – especial para El Litoral- desde el Aeropuerto “El Prat”(Cataluña)

El periodismo no es sólo descripción de hechos, ni se agota en las “fuentes de información” institucionales. El propio cuerpo del cronista se transforma en receptor de las energías que le circundan y lo alteran como sujeto.
El observador externo que ingresa -inocente- a cubrir un hecho político, como el de los históricos comicios catalanes, se trasforma en una esponja que absorbe todo aquello que no le interesa a quien se encuentra inmiscuido emocionalmente en la coyuntura.
El desafío es encontrar el espejo en donde mirar los asuntos propios de la comunidad en que se habita y se ejerce la profesión.

82 % y móvil

El gran dato de los comicios catalanes y que explica mucho de esa cultura, es el récord histórico – en el mundo- de afluencia de habilitados a sufragar desde que el sistema democrático adoptó la universalidad del voto en occidente.
La respuesta a ese 82 % de asistencia a los colegios electorales  – en día laboral y sin la obligatoriedad legal de hacerlo-  está en la tercera edad y su rol activo en la construcción de identidad de la comunidad, siendo un sujeto para nada pasivo en la sociedad.
Los “viejos” son los actores principales del “procés” en el que Cataluña debate la continuidad o independencia de España y la razón de su potencia transformadora no es sólo política, sino también cultural, social y económica que se puede “leer” en la calle y “escuchar” en bares, actos políticos y asambleas barriales.

La actividad de los “pasivos”

En pareja, en grupos o solos, las avenidas de las grandes ciudades de la autonomía, como Girona, Tarragona o la propia Barcelona, rebozan de abuelos que caminan, tranquilamente, y “militan” sus ideas en los bares con una estrategia tan creativa como simpática. Se hacen los sordos y levantan la voz mucho más de lo que alguna dificultad auditiva podría justificar. Se imponen al ruido de las máquinas tragamonedas – que inundan toda España- el de los televisores que mediatizan la opinión publicada y  la de los demás parroquianos. No hay forma de no oírlos y están ahí para ser escuchados. Son miles de reproductores de la memoria histórica de un pueblo que recibe a miles de inmigrantes, pero no deja de transmitirle que Cataluña es mucho más que la Sagrada Familia o el Arco del Triunfo sobre Passeig de Grácia. Si pueden hacerlo es porque están y están porque no se encierran en sus casas ni geriátricos. No se encierran porque no tienen miedo. No tienen miedo porque la comunidad les garantiza, no sólo seguridad física, sino también respeto y trato igualitario.

Del primer al tercer mundo
La diferencia entre un adulto mayor catalán – en la calle y participando de las actividades políticas y culturales de manera integrada no “especial” – y similar de la misma edaden Argentina es que este se debe encerrar en su propia casa – entre rejas y “alarmado”- y concurre sólo a eventos para “jubilados”. Es abismal el contraste en cuanto a la calidad de vida en los últimos años de vida de la población, a un lado y al otro del océano.
No hablamos de un paraíso terrenal – no sería honesto-, pero sí de que ese 82 % de participación en las elecciones del 21 de diciembre último en Cataluña que responde a la asistencia masiva de los mayores a las urnas.
En apenas 11 años, el porcentaje de participación pasó de 56,77 % en 2006 a 81,94 % el 21 D 2017. La diferencia, en votos, es de 1.378.735. El 15 % más de lo que sacó la fuerza ganadora, Ciudadanos, en los últimos comicios.

Mayor esperanza de vida

El ejemplo Cataluña marca una tendencia mundial y tiene que ver con el creciente número de habitantes mayores de 70 años en relación a la población total.
La creciente proyección de la esperanza de vida y el decreciente proceso de natalidad -por la paulatina desaparición de las “familias numerosas”-, colocan a la ancianidad como un actor preponderante de la vida política democrática.
Los factores económicos, que hacen a la calidad de vida de los jubilados, no se agotan en la reforma previsional y su discusión.
Argentina “no sabe” qué hacer con sus viejos. Los desprecia, los llama “pasivos” y asocia su imagen a lo no deseado. Eso a lo que nadie quiere llegar y delira con la eterna juventud como ilusión y absurdo deseo.

La identidad de las arrugas

La observación de este cronista resume, el fenómeno mundial del 82 % de participación electoral en un sistema con voto libre,  a la calidad de vida que hace que el “pasivo” se sienta, y sea, activo.  No se agota el tema en el “civismo” de un pueblo.
Los adultos mayores, en Cataluña, han encendido el debate del independentismo motorizados por una identidad compuesta de las conquistas, soberanas y liberales, que han sabido conseguir. Instaurar su  propio idioma como vehículo del conocimiento escolarizado y masivo. La consolidación de la educación pública bilingüe. El rescate de la propia historia, con idas y vueltas, pero con un perfil, claramente, progresista y abierto al mundo.
El motor de crecimiento, sobre todo de Barcelona, no ha sido la industria sola, lo financiero sólo, ni el turismo solo.

La entidad de la identidad

La identidad es la fuerza “extra” que hace a los catalanes especialmente emprendedores y laburantes. El sentido de pertenencia es aquello que les da el plus, energético,  a cualquier comunidad para avanzar y esa es una verdad objetiva, comprobada y comprobable.
Este es uno de los apuntes tomados, más importantes, que pueden servir para entender una de las falencias de Santa Fe.
Sin identidad y mirándonos con ojos porteños, difícilmente encontremos la forma de no ser turistas en nuestra propia tierra. Eso es lo que pueden darnos nuestros viejos si le devolvemos algo más que una jubilación escasa y los humillamos al ostracismo.
La diferencia se ve en la calle. En los balcones, de Barcelona, cuelgan banderas catalanas y algunas españolas. En nuestra ciudad cada cual levanta la bandera de su club y construye su propia identidad en base a lo que lo diferencia con su vecino y no con lo que lo une. Identidad  tan estúpida como improductiva y fragmentaria.
Quizás este apunte no sea el que mejor explica la composición de una sociedad desarrollada en diferencia con una en constante “vías de desarrollo”. Pero si es el que no necesita de presupuestos extraordinarios ni de financiamientos imposibles.
Con un poco de sensibilidad y mucho de respeto a nuestra historia viva, que son nuestros viejos, podemos encontrar cierto camino hacia un lugar sin éxito ni excitados y que es, ni más ni menos, que la búsqueda de una calidad de vida progresista en la realidad y no en los slogans de campaña.