Pablo Benito para Notife – Mientras esta nota se escribe se escucha el eco de un estallido social que no tiene características de saqueo ni de manifestaciones con sectores populares pidiendo “que se vayan todos”. Sí es un “todos contra todos” que, al contrario de lo que sucede con la economía, sí derrama su violencia.

“La vida no vale nada
Cuando otros se están matando
Y yo sigo aquí cantando
Cual si no pasara nada”. Pablo Milanés.

 “Muchos monstruos, como Cano, acechan inocentes todo el tiempo… La ausencia de Justicia para los justos, los que cumplimos con las normas y somos abandonados al antojo de estas bestias”, escrito por alguien que amaba profundamente a Vanesa y quiso, por este medio, expresarse así.

El epicentro de la explosión está geográficamente ubicado en la periferia de la ciudad de Santa Fe y Rosario y socialmente en la base de los sectores  más vulnerables. Cuando esa violencia cruza la frontera hacia el centro urbano y toma la clase media alta, se encienden algunas alarmas, aunque la anestesia de la capacidad de asombro, que vacunó a la sociedad, prefiera “hacer que no ve” en un “no sabe /no contesta” propio de una dictadura aunque, parecería, sin un dictador.

El límite

“El asesinato de mi hermana fue un mensaje”,  dijo Silvia Castillo en relación a las 13 puñaladas que se llevaron la vida de Vanesa a cargo de este monstruo cuyo apellido es Cano.
Y el mensaje llegó a los agentes del estado que, a diario, se enfrentan con situaciones de violencia, que conocen los secretos subterráneos de los barrios en donde mandan los más psicópatas y que fueron puestos entre la espada y la pared. Si denuncian están en peligro en su trabajo, si se callan pueden perder su trabajo. Del otro lado, como receptor, está el Estado a quien se le comunica que ha perdido el control. Si antes podía intervenir en la comunidad y evitar algún conflicto, lo peor de esa comunidad le dice “hacemos lo que queremos, cuando queremos y como queremos”.
El límite fue asesinar a una maestra, con su guardapolvo puesto, en su trabajo de día y sin que al asesino le importe – siquiera- ir preso de por vida.  No era cualquier maestra sino una joven que se había cargado a una niña de 12 años en su corazón. La nenita estaba embarazada y la buscó a ella, su última esperanza de amor, para decirle que tenía miedo. Que ya no le venía la regla. Que la violaban. Que era por la noche. O de día. Y que era un familiar el que lo hacía.
Vanesa actuó como mujer, valiente, madre, sensible. No esperó y fue en busca de la madre de la chiquita y se encontró con otra víctima ya transformada en victimario.
Para cubrir las faltas de su hija y los dolores, había presentado un certificado del dispensario. Un profesional había dado fe que la chiquita sufría de problemas de columna.
La panza era visible para todos, menos para sus maestras.
Vanesa comunicó lo que la niña le había confesado, pero había cometido un “terrible” error. Se había dejado llevar por su ser de mujer y había ido a enfrentar a la madre de la embarazada sin activar el protocolo, cual si fuese un botón rojo si no sonaba en el despacho de las autoridades jerarquizadas. No fue un error de Vanesa, siquiera administrativo, fue la posibilidad que tenía la burocracia de lavarse las manos.

Sola
Vanesa tuvo que labrar un acta, ir como testigo a la policía y fiscalía y quedar absolutamente expuestas ante quien denunciaba.
La investigación vertiginosa de los fiscales culminó con una Cámara Gesell y la prisión preventiva de EDVE, como presunto violador de quien era su hermastro.
Se sentaron alrededor de una mesa y acordaron la pena – una condena importante- en un juicio abreviado.
La niña y su panza que hoy ya es un bebé, volvieron al mismo lugar en donde el presunto violador había querido -y podido- ultrajar a la chiquita de 12 años. La violó una vez y otra vez, y otra vez. Pero la chiquita, en su relato a Vanesa, no sabía que eso tenía un nombre “no sé si me violó”. Claro, era lo único que conocía con respecto a su sexualidad. Aún no había despertado su pubertad y ya una bestia se abalanzaba sobre ella cotidianamente.
Y Vanesa, “esa maestra”, había venido a decirle a esos hombres –que se multiplican por miles en barrios en donde “Ni una menos” recién entra como concepto o grito femenino- que no se viola, no se ultraja, no se tiene título de propiedad sobre las mujeres por el sólo de haber nacido “hembra”.

El mensaje
¿Quién era Vanesa “esa mujer” para venir a decirles justo a ellos, los perversos del barrio lo que debían o no hacer con las chicas de su familia”. A ellos, que son de armas tomar y gente matar?
A ellos ninguna “mina” les dice lo que puede o no hacer.
¿Quién era Vanesa para denunciarlos y que terminen presos por lo que ellos siempre hicieron, y vieron hacer a sus padres y sus abuelos?
Eso no podía quedar así y no quedó así.
El “brazo ejecutor”, trece veces le recordó a Vanesa y a todas las “que se hacen las valientes sólo porque tiene estudios”, quien manda en Alto Verde.
Eso fue así, Vanesa –  tal como lo dijo su hermana- fue un mensaje y lo dijo quien la amaba y ama pero lo saben todos. Sus compañeras, vecinos, las fuerzas de seguridad, los asistentes sociales, los directivos de la escuela, los fiscales, los supervisores, los representantes gremiales.

La detección del abuso de Vanesa que terminó con un preso por violación.

La detección del abuso de Vanesa que terminó con un preso por violación.

El silencio de los responsables
Lo saben, lo sabemos pero el miedo hace sacar cálculos erróneos. Vanesa ya no está, ya fue. Quedan muchas maestras y lo más claro es que también hay puestos, sillones, cargos que defender. No la podemos traer a la vida pero podemos salvar nuestra. Callemos.
Quien sabe rezar que lo haga, pida a Dios no ser la próxima víctima.
Cuando hay impunidad, terror y ausencia del Estado es mejor dejar que la sangre escurra o se seque.
Juan Ramón Cano es el culpable -tanto como los “hombres” de la familia denunciada por Vanesa. Responsable es el propio sistema y las personas, con distintos grados de participación u omisión, que cerraron filas sin vergüenza -ni conciencia- para defenderse de un hecho objetivo y probado. Dejaron sola a Vanesa Castillo y dejan solas al eslabón más vulnerable del sistema educativo.
Los niños y las maestras se encuentran librados a la buena del diablo.
Los adultos que abusan de los niños y el Estado que abusa de sus maestras poniéndolas en la primera línea de fuego siempre salen airosos, el silencio y la indiferencia del resto de la sociedad les hace ese favor.
Cierto es que no hay vidas de “distinta calidad” no obstante la saña contra el guardapolvo blanco es un límite que los psicópatas traspasaron y no se está dimensionando el mensaje de esa transgresión significa para los códigos morales, no escritos, de la cultura y la cotidianeidad.
El crimen de Vanesa está siendo investigado por los mismos que la dejaron sola. El sistema no sólo falló para el bien sino que ahora actúa para encubrir el mal causado.

Esa es la segunda muerte de Vanesa.