(Rescatado de Facebook)
Escribo con los intestinos, estoy escribiendo con las entrañas…
Los ves ahí, sentados, calladas o enojados o tristes, con los ojos enormemente doloridos, que no durmieron, que no pueden comer, que no pueden hablar. El sufrimiento, el desconcierto los desborda… es que, esto es el mundo?
¿Qué te pasa Fulanito? ¿Dormiste bien sultanita? No profe… Y empieza el horror.
Lo que sigue es una conversación llena de impotencia y de puños cerrados y apretar dientes y abrazar fuerte.
Qué pasó? Pasó el Estado ausente. Los escuchás con los ojos en sus ojos, en su boca, muchas veces los escuchás observando sus heridas, que muchas veces son visibles a la vista, otras son imperceptibles a lo que no está hermanado. Los oídos no quieren seguir oyendo lo que te cuenta ese pequeño cuerpo ahí sentado o sentada, pero hay que oír porque en el aula habitan demonios que se espantan con el conjuro de la palabra.
Qué sigue? Pues sigue un protocolo, horrible. Horrible palabra. Un protocolo. Escribo un acta con lo que me contaron, lo escribo con la tinta atravesando la hoja en blanco, escribo los golpes recibidos, escribo el desgarro, escribo las lágrimas, escribo la oscuridad, escribo la profunda oscuridad de lo inhumano. Debo escribir infinitas hojas en blanco que se vuelven una primera prueba del espanto. Escribo cuidando la ortografía, tratando de que el pulso se sostenga, escribo narraciones y descripciones tan pero tan lacerantes que a veces no creo que el pequeño ser que las relata pueda mantenerse delante de mí. Las escribo y las firmo.
Qué sigue? Bueno, sigue que el Estado intervenga, le estoy dejando el destino de este ser al que he decidido acoger en las manos del Estado, que lo ha abandonado desde que inició sus días. Siguen muchos llamados telefónicos, muchos nombres agendados, formularios, idas y vueltas a otras instituciones, el tiempo pasa y transcurre infinitamente. Mientras tanto la desidia, el esperar, somos esperadores. Somos esperadores muy asustados, temerosos de la siguiente hora. Porque el temor del que te relata el horror se transforma en tu temor, en dosis menores, obvio, a la del sufriente, pero que suman y se acumulan…
Hoy mataron a Vanesa, que ha sido escriba del horror, que ha esperado al Estado que no nos protege, que nos señala desde siempre, un Estado que no nos ve por la tierra que nos tapa trabajando entre lo más duro. Vanesa ha puesto el corazón en esta profesión que por momentos pierde el sentido, hasta que entendés otra vez que sos todo lo que el pibe o la piba tiene. Vanesa, es una herida más que se relata, del horror que se escribe. Vanesa es maestra, Vanesa es todos los maestros y todos los estudiantes.
Nadia Torres