Pablo Benito –  Les quiero contar de una mujer. De LA mujer, que me explicó por primera vez de la importancia del feminismo, fundadora del Sindicato de Amas de Casa. LA mujer que la escuché hacer la “Verdecita” y que me mostró un biodigestor, también por primera vez. Contarte de La mujer a la que metieron presa por insultar e interponerse entre la policía y los vecinos del Barrio 29 de abril cuando querían sacarle una moto a un pibe. Contarles de LA mujer de sonrisa sonora, amplia, que se divertía, de bronca, visibilizando –por primera vez- el monumento al femicida Monzón. LA mujer que me explicó que no era Monzón el tema, sino la naturalización de la violencia de género.

Les quiero contar de una mujer de la que escuche lo que, hoy, empuja a la sociedad a su revolución interna, la de Género. Contarte de cómo hacía política LA mujer. Tolerante con los parecidos, compañera de sus compañeras y compañeros y que no se comía ninguna. Ninguna pose, ninguna especulación. Una revolucionaria que puso el cuerpo, su confort y sus “bienes” al servicio de un ejemplo como militancia. Mostró que la cosa es simple, la tierra te da de comer, no el Estado –luego vienen los “bemoles”- el resto es capitalismo salvaje.

Les quiero contar de LA mujer con los pies en el barro metiéndose en el agua, hasta la cintura, para ver si sus vecinos quinteros bolivianos habían podido sacar sus animales. Contarles que temía lo que podía haber entre el barro ahí abajo, pero a flote estaba todo su amor.

Les quiero contar que oí su voz puteando a la cana cuando nos llevaron preso a los que hacíamos Tercer Mundo e investigamos el transporte. Te cuento que un colega la fue a operar diciéndole que habíamos confesado que extorsionamos a un “empresario” y ella lo echó de su casa. “No creo en tus fuentes judiciales, ni en la Justicia, ni en la yuta que te mandó a decirme esto”.

Les cuento que hoy se fue, físicamente, espiritualmente y que ella no está en el cielo. Por eso vivía su vida a pleno y si no la veías durante años, cuando te encontrabas parecía que ayer te habías tomado unos mates con ella.

Les cuento que mañana pueden ir a comprar alimentos orgánicos al Mercado de Progreso y ese fue su sueño, o el peldaño próximo de su lucha. LA Mujer fue quien peleó por eso puteando, pateando puertas y escritorios y después se sentó a ver como se podía lograr lo que a todos servía.

Como serle fiel a LA mujer de la que me enamoré. De sus ojos y su mirada del mundo. De sus manos y lo que con ellas creaba. De sus pies y del camino que andaba. De su boca y las verdades que gritaba. De su sonrisa cómplice cuando le contabas una treta política para conseguir algo para todos. Entendía enseguida porque confiaba en la contradicción.

Les cuento que no es cuento, que Chavela es difícil de llorar por su muerte porque asumirla es morir un poco. Morir mucho.

Les cuento porque LA mujer sí era mejor que todos nosotros y todas ustedes. Para construir amor también se requiere talento y Chavela era la persona más talentosa que conocí para ser y hacer solidaridad de la fuerte, de la intensa, de la que libera.

Les cuento, finalmente, que cientos de personas pueden contar miles de cosas de Chavela, LA mujer. Como lo hago yo, y mucho más aún, porque su generosidad era infinita y repartió -se re partió- entre muchos.

¡Qué mujer tan bella!  Cuanta belleza se nos fue hoy, cuan más feo es nuestro entorno sin ella.

A los pedacitos de Chavela que viven en nosotros, que la conocimos entera, los tenemos que fortalecer y hacer lo que ella siempre hizo. Juntarnos.

Saludo a todas las Chavelas que habitan la memoria de cientos de buenas personas y un abrazo de brazos gringos, blancos y con pequitas y lunares. Todos saben que se trata del abrazo “Chavela”