Alberto el Templario

Alberto Fernandez no es maquiavélico… És Maquiavelo.

Pablo Benito – Macri quiso llevarse a Fernández, con el al cementerio. Una jugada más perversa que brillante, con un grado de subestimación del otro y sobreestimación de su propia situación que sólo puede ser comprendida desde la desesperación.


Entonces, Alberto Fernández, comenzó a gobernar. No desde su “derecho” a ser reconocido como Presidente, sino desde la responsabilidad de estar próximo a asumir.
En una coyuntura que huele a azufre, el presidente electo, da señales de la impronta de lo que será su gobierno. Desde lo político la mesura es la llave a una primera etapa en que debe ofrecer previsibilidad y hoy la previsibilidad es el sistema democrático y republicano. Mauricio Macri es presidente hasta el 10 de diciembre y es el quien debe garantizar, incluso, la posibilidad de que fuese cierto que el neokirchnerismo – o viejo peronismo- es el cuco de los mercados.
Un Alberto ansioso, reaccionando a la mojada de oreja, es más de lo mismo. Sumar vértigo al vértigo.
Macri se pertrechó de cartuchos de TNT y fue en busca del abrazo “de la unidad” y no picó.
Gobernar, para Alberto, es trabajar para ampliar la voluntad popular, perforando el techo de la mitad más uno de adhesión y para eso tiene que cumplir con una máxima del manual de Sun Tzu: “cuando el enemigo se está equivocando, no lo molestes”.
El silencio de Alberto es la más clara muestra de “tranquilidad” a los mercados.
El radicalismo, que asumió la derrota –quizás porque nunca fue parte de la victoria- recomienda recluirse en los espacios legislativos. Están percibiendo una catástrofe electoral que podría dejar, a la Argentina, sin oposición parlamentaria fuerte. Es que el rejunte que es Cambiemos, muy posiblemente, comience a ser abandonado por los empresarios que jugaron –y ganaron- cuatro años a la política.

Entonces, Alberto Fernández, comenzó a gobernar. No desde su “derecho” a ser reconocido como Presidente, sino desde la responsabilidad de estar próximo a asumir.
En una coyuntura que huele a azufre, el presidente electo, da señales de la impronta de lo que será su gobierno. Desde lo político la mesura es la llave a una primera etapa en que debe ofrecer previsibilidad y hoy la previsibilidad es el sistema democrático y republicano. Mauricio Macri es presidente hasta el 10 de diciembre y es el quien debe garantizar, incluso, la posibilidad de que fuese cierto que el neokirchnerismo – o viejo peronismo- es el cuco de los mercados.
Un Alberto ansioso, reaccionando a la mojada de oreja, es más de lo mismo. Sumar vértigo al vértigo.
Macri se pertrechó de cartuchos de TNT y fue en busca del abrazo “de la unidad” y no picó.
Gobernar, para Alberto, es trabajar para ampliar la voluntad popular, perforando el techo de la mitad más uno de adhesión y para eso tiene que cumplir con una máxima del manual de Sun Tzu: “cuando el enemigo se está equivocando, no lo molestes”.
El silencio de Alberto es la más clara muestra de “tranquilidad” a los mercados.
El radicalismo, que asumió la derrota –quizás porque nunca fue parte de la victoria- recomienda recluirse en los espacios legislativos. Están percibiendo una catástrofe electoral que podría dejar, a la Argentina, sin oposición parlamentaria fuerte. Es que el rejunte que es Cambiemos, muy posiblemente, comience a ser abandonado por los empresarios que jugaron –y ganaron- cuatro años a la política.

Alberto, seguramente, está pergeñando sus visitas al exterior. A Washington, a Pekin, a Moscú, a Berlin o Bruselas. No hay problemas de visa, el tema es quién lo va a recibir y para eso no hay nada mejor que hacer jugar al tiempo su papel. Espera la invitación y, mejor, durante la recta final de la campaña.

Así como el “duhaldismo”, sepultó al menemismo y el kirchnerismo jubiló, tanto al menemismo como al duhaldismo. El “albertismo”, es el recambio de lo anterior.
Para comprenderlo no hay que pensar mucho. Sobra con retrotraerse a un año atrás y recordar en donde estaba el hoy presidente electo. Era conocido por un escrache público en un shopping de CABA. El “insultador” lo acusaba de kirchnerista… él se defendió y asumió su paso por el gobierno en un recorrido por todos los medios. Fue su señal al núcleo duro “k”, la prueba de amor.
El temple de Fernandez está intacto, a estrenar y con una experiencia en la gestión que ningún político argentino pude mostrar.
Alberto Fernandez no es maquiavélico… Es Maquiavelo.

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